Dios, el mamboretá y la mosca
Los griegos lo llamaban “El profeta”. Y el
entomólogo Fabre, a quien debo esta información erudita, lo llamó “el tigre de
los insectos”.
Con tales antecedentes acerca de su
condición entre criminal y sagrada, lo encontré un día sobre la mesa de un bar
próximo a la Boca. Me senté y estuve a punto de preguntarle, con la voz crédula
de los niños: “Mamboretá, ¿dónde está Dios?”.
Esta vieja pregunta subyace en la
obstinación de filósofos y teólogos por hallar un orden secreto, o al menos una
motivación invisible (que podría ser arbitraria), en el caótico devenir del
cómo y del por qué ha dado lugar a discutidas murmuraciones, que pretenden
dirimir responsabilidades cósmicas. Según una insinuación del poeta Fernando
Lorenzo, “se le ve al hombre el hilo con que Dios lo maneja”. ¿Pero dónde está
Dios, mamboretá?
El mamboretá responde a esta pregunta
señalando el cielo con las patas delanteras. Algunos sospechan, sin embargo,
que su respuesta contiene un elemento de ironía satánica. Sea como fuere, yo no
hice la pregunta; la edad me ha vuelto reservado y prudente, y opté por
limitarme a observar.
El mamboretá se hallaba inmóvil. Sus cuatro
patas traseras, como finas y tensas ramas verdes, sostenían un largo tallo del
que surgían dos brazos -o patas- laterales, y en cuyo extremo vigilaba una
cabeza impasible. La cabeza me recordó que el mamboretá es un animal; pero su
cuerpo verde y ramificado sugería un vegetal en acecho.
De pronto extendió una de sus patas
delanteras con el propósito de atrapar una mosca fugitiva, y a partir de
entonces reiteró el ataque hasta que sus garfios sujetaron la presa. En esta
operación movía solamente su pata izquierda; el resto del cuerpo continuaba
inmóvil, lo que añadía a la hibridez biológica del mamboretá un tercer elemento
de frialdad mecánica.
Lo ví con mis propios ojos, en la esquina
de Montes de Oca y Suárez: el mamboretá, que tenía agarrada a la mosca con los
garfios de la pata izquierda, la colocó en seguida sobre la parte interior de
la otra pata. Me acerqué y ví que la infortunada mosca yacía sobre una hilera
de filosos dientes; la sierra se dobló hacia dentro, y la mosca dejó
instantáneamente de pensar. En efecto: la cabeza de la mosca quedó separada del
cuerpo en forma definitiva. Entonces el mamboretá comenzó a devorarla
lentamente, sosteniendo el manjar con las dos patas. El festín duró largo rato,
hasta que la cabeza del díptero fue deglutida íntegramente por el dinámico
profeta. Cuando éste acabó su obra unió con devoción las patas delanteras, y en
postura de caníbal creyente pidió perdón a Dios por sus horrendos crímenes.
¿Y Dios, mamboretá, dónde está Dios?
Probablemente –me dije-, mientras el
mamboretá deglute a la mosca Dios revisa con angustia los mecanismos del
universo. Esta hipótesis ha sido confirmada por Darío, quien relata el
infortunio de una paloma devorada por un gavilán “infame” (sic), que “con furor
se la metió en el buche” (sic). De acuerdo con la versión del poeta, en el
instante en que el gavilán consumaba el palomicidio el Autor del Universo tuvo
la sospecha de un error inicial:
“Y entonces el buen Dios, allá en su trono,
mientras Satán, por distraer su encono,
aplaudía a aquél pájaro zahareño,
se puso a meditar, arrugó el ceño,
y pensó, al recordar sus vastos planes
y recorrer sus puntos y sus comas,
que cuando creó palomas
no debió haber creado gavilanes”.
Pero Leibniz ha negado hace mucho que Dios
sea capaz de arrepentimiento, como lo sugiere el relato de Darío: según el
filósofo alemán, éste es “el mejor de los mundos posibles” (sic), y Dios no
pudo haber creado otro mejor, de igual modo que no puede crear un triángulo
redondo. Y si creó lo mejor, no puede arrepentirse.
Los argumentos de Leibniz son completos y
sospechosos; basta observar que su punto de vista es quizás el del mamboretá,
pero nunca el de la mosca. Queda otra alternativa: Dios sabe que éste no es el
mejor de los mundos, y es incapaz de arrepentirse. En tal caso, una oscura
complicidad uniría el mamboretá con Dios, lo que es suficiente para explicar el
elemento de ironía que hallamos en el gesto del profeta, y la reiterada
vacuidad de su acto de contrición. ¡No hay salvación para las moscas!
Estas reflexiones algo inconexas habían
apartado mis ojos del mamboretá, pero comprobé que éste se hallaba todavía en
mi mesa, con las patas unidas en dirección al cielo. Lo miré, vagamente
espantado, y renuncié a pedir el apetecido café con leche, sagrado manjar de un
porteño en horas de la tarde. Me alejé con el sentimiento de que alguien me
observaba, y huí del Gran Mamboretá que nos acecha en cada esquina del fatigado
universo.
Thomas Moro Simpson, del libro “Dios, el
mamboretá y la mosca”, Editorial Sudamericana, 1999.

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